Yo, Aristófanes Tolomeo Gutiérrez les da la bienvenida nuevamente a este sacro espacio de difusión de la ya instituida Pax Tabárea. Luego de mucho tiempo vuelvo a escribirles para contarles lo acontecido hace semanas nada más. Como recordarán estaba por emprender la épica empresa de ir a buscar a mi hermano de la vida, Andreacles, que estaba autoexiliado en una lejana isla en los confines de los mares del Sur, donde sorpresivamente apenas llega la Marina Imperial, comandada por Nuestro Padre. Y así fue.
Un domingo en la mañana, mientras mi vecina Nelly Sosa ya estaba preparando el tuco de los fideos para el mediodía, invadiendo a toda La Figurita de olor a ajo y cebolla, yo ya me encontraba a punto de embarcarme hacia la lejana isla que Andreacles domina. Bautizadada como Andreaclépolis, obviamente en honor a mi amigo y campeón de la vida Andreacles. Mi equpipaje era escazo, una bolsa de marino de tamaño medio conteniendo 2 calzoncillos, 1 par de agujereadas medias, dos longanizas, la flauta de Andreacles y una muda de ropa, sin mencionar lo más preciado de todo: 4 cartones de 20 cajas de Casino, mi cigarrillo predilecto.
Como recordarán había hecho la promesa de no fumar una sola pitada mientras Andreacles se encontrara exiliado, por lo tanto evidentemente me encontraba ansioso por llenar mis pulmones del dulce y espeso humo de estos maravillosos cigarros. Fue duro el no fumar. Largas y penosas noches de insomnio producto de la falta de nicotina me atormentaron inmisericordemente por semanas. Apelé a los parches de nicotina y tuve que usar tanto que al final opté por colocarme uno que me cubría toda la espalda, fue lo único que me pudo salvar de ese terrible padecimiento. Igual esto dejó sus secuelas. Gané algunos kilos, 35 nada más, producto de la galopante ansiedad que era acallada con violentos atracones de guisos y frituras en lo de mi querida vecina Nelly Sosa, quien me acompañó en este proceso.
Al fin me subo al barco pesquero coreano que me llevaría hacia Andreaclépolis. Fue el único boleto que pude comprar con mis escazos ingresos. 20 hombres recios y de ojos razgados formaban la tripulación de el navío. Fueron 2 semanas de viaje, combatiendo contra el intenso clima, las más gigantescas y horripilantes criaturas marinas que trataban de hundir el barco y la abstinencia sexual de los 20 coreanos, que potenciada con el alcoholismo de estos asiáticos, amenazó mi virilidad en repetidas ocasiones, que de todas maneras salió intacta gracias a mi sobriedad, que me permitía repeler los embates de estos bárbaros depravados.
Al llegar descendí de la embarcación con unos de los marinos, llamado Kim, de vincha roja, musculosa blanca y un cigarro en la boca, quien remando me llevó hacia la orilla de la aparentemente inóspita isla. A los minutos nada más me encuentro sólo. Ahí mismo me dispongo a acampar para poder armar la chata que me llevaría río arriba hacia el corazón de la deslumbrante civilización creada por Andreacles. También me encargo de recoger víveres, de manera de complementar las dos longanizas que celosamente guardaba en mi bolsa de marino. Solo pude recolectar algunos frutos exóticos y unos hongos de deliciosa apariencia.
Luego de pasada la noche, me dispongo a comenzar la travesía. A las pocas horas ya me encontraba navegando río arriba. Un río de aguas verdes y calmas, rodeado de espesos bosques repletos de extrañas criaturas que aullaban continuamente, dejándome muy nervioso. Luego de muchas horas mi estómago empezó a rugir, era momento de comer alguna cosilla. Saqué una longaniza la cual acompañé con los hongos que había recolectado. No fue muy buena idea, ya que lo salado de la longaniza me provocó una sed de beduino, que me hizo beber litros y litros de la verdosa agua del río, pero eso no fue lo peor. Lo peor fueron los hongos. Resulta que estos resultaron ser un poderoso alucinógeno, induciéndome un viaje psicodélico impresionante y por momentos aterrador. Comencé a sentirme mareado e increíblemente calmo. Mi cuerpo se aflojaba más y más hasta que quedé despatarrado boca arriba sobre la chata. Ruidos infernales me atormentaban sumados a los ya escalofriantes ruidos de los bosques circundantes. Cada vez era peor. De pronto la música de mi fallecido amigo Eduardo Mateo comenzó a zumbar y repiquetear dentro de mi cabeza mientras lo veía frente a mi, sonriéndome tranquilamente. Sonaban en mi cabeza varias canciones de El Kinto, una de sus bandas, de la cual era seguidor en mis tiempos mozos. De pronto no solo Mateo se me aparecía, también lo hicieron otros integrantes de El Kinto como Chichito Cabral y Ruben Rada. Esto no me asustaba, hasta me resultaba agradable, pero de pronto esto se tornó terrible. Sus caras se fueron deformando en demoníacos rostros de atormentada y sufrida expresión y cada vez se acercaban hacia mi en un infernal espiral descendente. Hasta la simpática cara de Chichito Cabral se tornó diabólica. Mientras ese espiral de horripilantes imágenes caía sobre mi, la música sonaba más fuerte y en un tono más alto. Se entremezclaban canciones de El Kinto como "Pippo", "Qué me importa", "Príncipe Azul" y no se por qué la que dice "Sola, sola, sola, ella baila sola..." de La 424, una infame banda de música tropical. En el momento que todo esto se desmoronaba sobre mi grité aterrorizado siendo esto lo último que recuerdo de ese "viaje".
No se cuánto tiempo después me levanté aturdido y con una resaca digna de un astro del rock internacional. Ya estaba oscureciendo y la sed me invadió, de vuelta recurriendo al agua del río. Luego de un rato, mientras reflexionaba sobre mi experiencia psicodélica, unos retorcijones tremendos comenzaron a actuar sobre mis intestinos. Seguramente la explosiva mezcla de la longaniza, los hongos y las decenas de litros de agua no potable que bebí fue la responsable. Tuve que hacer mis necesidades sobre la chata, lo que fue muy difícil ya que me sentía observado por las alimañas habitantes de los bosques circundantes. Pero no me quedaba otra y lo tuve que hacer. Esa sensación de alivio no la sentía desde que me fumaba dos Casino a la vez cada mañana al levantarme, antes de desayunar, ir al baño o incluso levantarme de la cama.
Luego de un rato se hizo la noche. Los grillos cantaban muy fuerte y aún todo parecía muy inóspito. Pasaron algunas horas y de proto comencé a divisar algunas luces en el horizonte, sobre el final del río. Me fui acercando paulatinamente hasta que comencé a escuchar distantes cánticos en alguna lengua indescifrable. Y al final alcanzo el final del río. Y ahí estaba, la dorada Andreaclépolis. Miles de ciudadanos, antiguos salvajes, me dieron la bienvenida. Me ayudaron a descender de la embarcación luego de la larga travesía e inmediatamente me llevaron con su líder, mi hermano de la vida Andreacles, regente de la flamante Andreaclépolis, cuya labor civilizadora arrolló el salvajismo de estos ahora ciudadanos, convirtiéndoles en verdaderos seres humanos, no como antes, que eran poco más que bestias. En el camino pude deslumbrarme de las maravillas arquitectónicas que constituían Andreaclépolis. Gigantescas estatuas de Andreacles y Tabaré, juntos, a la par, se encontraban por todos los ricones. Templos en honor a sus nuevos dioses, Tabaré y María Auxiliadora adornaban la ciudad. María Auxiliadora: diosa de la agricultura, la lactancia, las artes amatorias, la belleza, la salud dental, y otros cultos. Tabaré: dios de la sabiduría, la vida política, la virilidad, la virtud, la construcción, la justicia, la salud, el arte y otros muchos.
Luego de algunos minutos logro llegar al edificio gubernamental que alojaba a Andreacles. Y Ahí se encontraba, sentado en su austero pero monumental trono de la más fina madera, sobre el final del vasto edificio. En su mano derecha un cetro de vid. Estando a solo metros de él, me inclino de rodillas, callado. Y saco de mi bolsa su amada flauta. Se levantó y la tomó, y ahí mismo entonó las más bellas melodías que alguna vez escuché, dislumbrando a mi y a todos los presentes.
Termina la ejecución del instrumento e inmediatamente se dirije al público presente:
-Ciudadanos, ciudadanas, habitantes de Andreaclépolis. Como hombre de pocas palabras debo escuetamente decirles que es momento de partir hacia mi tierra natal. Ya he cumplido con la tarea que me encomendé. Ya les he mostrado el camino que deben seguir, el camino de su dios Tabaré, el líder de mi tierra, mi líder. No quiero llantos, ni penas. Solo deben elegir un nuevo líder que junto a la bendición de Tabaré los guíe hacia la luz. Esa importante tarea recaerá en ustedes y las instituciones que yo mismo creé a efectos de tal empresa. Me despido mis queridos andreaclepolitas. Siempre fieles!
Sin más palabras y con la inmensa calma que reinaba en el recinto se retiró junto a mi y ambos nos embarcamos de nuevo río abajo. Hubo pocas palabras al comienzo, dado la emoción que nos embargaba a ambos. En lo personal, me sentía extasiado por mi éxito, y sobre todo por el volver envolver esos exquisitos casino con mis labios. El júbilo se apoderó de mi mientras pitaba de a tres cigarros juntos. Mi pecho se llenaba de humo y mi alma de felicidad. Volvía a tener a mi amigo Andreacles y a mis amigos de toda la vida, mis amados Casino de tabaco negro. 2 Semanas después ya arrivábamos a nuestro puerto en un navío prestado por los andreaclepolitas, donde compartimos increíbles anécdotas de esos tiempos que estuvimos lejos. Ya les relataré la triunfal llegada de Andreacles al viejo y querido barrio de La Figurita. Hasta pronto, y como dice mi amigo Andreacles:
Viva la Pax Tabárea!
Siempre fieles!